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domingo, 3 de mayo de 2020

La gran función del único teatro abierto: centralizar la ayuda vecinal para repartir comida a 500 familias

El barrio madrileño de Lavapiés sigue en pie. Allí, voluntarios de todo tipo se organizan para brindar soporte alimenticio a todas las personas que lo necesiten. Con una gran implicación, la plataforma se prepara para ayudar a mil familias las próximas jornadas.


 Puedes leer más en este:  Artículo en el Público

 

sábado, 25 de abril de 2020

Historias de vecinas voluntarias V

La tarde del jueves estuve de recados voluntarios por el Madrid confinado. Me sorprendió un checkpoint en la calle Hortaleza y tuve que enseñar un salvoconducto. Menos mal que lo tenía.

Madrid Río cerrado, matadero matao y los parques que nunca estuvieron tan verdes.



A la vuelta coincidí con los aplausos de las 20; impresionante la marcha de de las vecinas de la calle Toledo. Curiosa la mezcla de las pancartas defendiendo la sanidad pública y las banderitas de ejpaña. Pero todo el mundo, eso sí, de aplausos, fiesta y bailoteo. #MejorConBici



M.

lunes, 6 de abril de 2020

Historias de vecinas voluntarias. IV

Casi un mes ya de confinamiento y hoy hice mis primeras intervenciones presenciales del grupo de Cuidados Madrid Centro. Aunque antes ya había llevado el pan a mi vecino A., visitado alguna farmacia, colaborado en la coordinación del grupo y algunas cosas más, lo de hoy tenía algo todavía más interesante: ayudar a alguien que no conocía en absoluto.

Primero fui a por unas mascarillas que donaba E., un chico muy majo que vive en Galerías Piquer, en pleno Rastro. Me dio también una caja de melatonina, que parece que viene bien para dormir mejor. Tenía algunos síntomas pero se encontraba bien, estaba impaciente por dar, quería saber si recogíamos también donaciones de dinero y/o de comida. Es precioso ver cómo con la que está cayendo nos apartamos de este individualismo neoliberal que nos corroe y nos entristece la vida. Le di las gracias y me fui a casa.

Llevé mi justificante impreso. Antes, en la panadería, me había encontrado justo detrás de mi, en la cola, con unos municipales. Les dije que si conocían el trabajo que estábamos haciendo en el CMC, me dijeron que no. Les comenté mis miedos de que no se aceptara mi justificante de voluntaria y me dijeron que de todas formas lo veían de sentido común y que no creían que tuviera ningún problema; sin embargo ayer tuve un encuentro que no me cuadraba mucho con su idea de sentido común. Subiendo la calle Ave María un policía se bajó del coche y se vino hacia mí para preguntarme dónde iba, dónde vivía, si no habría quedado yo con un tipo en el metro para un asunto de unos móviles, y para pedirme el DNI. Sorprendida por tan espontáneo y peliculero interrogatorio contesté que no, y a continuación pasó a interesarse por lo que llevaba en la bolsa. Pescado, le dije, y entonces me abrió la bolsa para comprobar. A todo esto, ni guantes, ni mascarilla, ni metro de distancia prudencial, ni na de na. Cuando me dejó ir, se dispuso a hacer lo propio con algunas personas que subían por la misma calle.

Foto de la autora: Caballo y caja "cuqui".

J. es un vecino que vive en un bajo de la calle Sombrerería. Lleva desde el principio del confinamiento sin cobertura, ni televisión ni Internet. Nos lo contó ayer S., un conocido suyo, en el WhatsApp del CMC. Al leerlo recordé que G., con el shock del confinamiento y sus dos niñas de arresto domiciliario, compró una tele nueva el otro día. Unas llamadas y unos guasaps después, pude ir a por el aparato a casa de G. y de ahí a la casa de E.

La cosa no fue fácil. Por la mañana A., la pareja de G. me mandó las medidas, 35x46. No me cabía en la alforja y además había que tener en cuenta el soporte de pie. F., el verdulero del mercado de Antón Martín, que es un amor, me dejó una caja ad hoc, que tendré que devolverle mañana porque parece que para los pedidos, que se multiplican durante el confinamiento, están necesitando muchas.

Fue complicado encontrar cuerda por casa y ni idea de dónde había dejado los pulpos, pero al final bajé con... (diría que una artillería de... pero me voy a abstener de metáforas bélicas, que ya vamos sobradas últimamente)... unos trozos de cuerda que encontré, una cámara vieja (siempre útil), un par de pulpos y unas bridas. Todo esto para sujetar el televisor a la caja, y esta, a su vez, a la bici.

Por fin salí de casa, me puse una de las mascarillas que donó E., amarré la caja como pude y me dirigí con mi caballo rauda y veloz hacia el Paseo de las Delicias no sin cierto recelo por el ambientazo securitario que se palpa en el aire madrileño, pero feliz por sentirme parte de esta red de vecinas voluntarias que intentan hacer las cosas un poquito más livianas a mucha gente que lo está pasando muy mal. También es verdad que era cuesta abajo.

Una vez en casa de G. dejé la bici aparcada, subí y cogí la tele que me habían dejado en el felpudo (el ubicuo distanciamiento que ya se nos va haciendo familiar) y bajé a completar la segunda parte de la operación. Dispuse la tele sobre la caja, la aseguré con los pulpos y la cámara vieja cortada y me fui a casa de E.

Una vez allí lo llamé, él esperaba para recibir la llamada desde el patio de su casa donde sí tenía cobertura, y salió a buscar su tele. Dijo que era del mismo tamaño de la última que había tenido y se quedó muy contento. Me dio las gracias y me dijo que se las diera a mis amigas y que estaba harto ya de tanto leer. Supongo que, ciertamente, en este encierro sobrevenido todas necesitamos distraernos, no solo leer.

Le comenté que estaba habiendo muchas iniciativas para dejar abierto el wifi para que gente como él pudiera tener al menos Internet, que quizá sus vecinxs se animaban. Me agradeció la idea y dijo que mañana pondría un cartel en el portal a ver si el vecindario lo hacía.

Volví para casa y pese a que subir en bici la calle Ave María es duro, como siempre me decía R. el de "la caña" que también era bicicletero, y que en ocasiones te puedes encontrar algún que otro policía peliculero, la subí encantada.

Mónica

sábado, 28 de marzo de 2020

Historias de vecinas voluntarias. II

SALIDA EN TIEMPOS DE COVID-19
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Pues desde la Red de Cuidados de Madrid Centro, esta mañana (27/3) se detectó una necesidad en la comunidad bangladesí. No tenían termómetros, en las farmacias estaban agotados y los necesitaban.
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Así que nos pusimos a buscar termómetros; había que llevarlos al barrio de Lavapiés y una voluntaria del barrio de Malasaña donó 2 termómetros.
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Ahora la dificultad residía en resolver el transporte del material, de un barrio al otro, en estos tiempos de confinamiento.
Yo me ofrecí a ir a por ellos y llevarlos donde los necesitaban y ahí empezó mi pequeña aventura. Que si el Real Decreto 463/2020 permite estos desplazamientos, que si cómo ir… Un quilombo todo…
Y dije: Noelia, organización. Y con el apoyo de una voluntaria de esta Red de Cuidados de Madrid Centro (siempre se piensa mejor en compañía, virtual en esta ocación…), fui llegando a las siguientes conclusiones:
A ver, respecto al permiso de estos desplazamientos, en el RD, en su artículo 7 dice que permite la circulación en algunos casos, entre los que está: e) Asistencia y cuidado a mayores, menores, dependientes, personas con discapacidad o personas especialmente vulnerables. Vale, yo tenía derecho a desplazarme por prestar una asistencia a personas especialmente vulnerables (una comunidad que necesita apoyo para cubrir una necesidad para protegerse y proteger a la sociedad, a través de este material).
Respecto al cómo ir, usé mi sentido común: si voy en transporte público, me junto con más gente y malo, si voy andando, tardo más, ergo… voy en mi bici, que tardo muy poquito y mínimo tienen que pasar a 1’5m de mí, en teoría...
Así que, resueltas mis dudas, cogí mi bici y fui desde Lavapiés hasta la plaza de Callao y de vuelta a mi zona (que es donde vivo y por casualidad, era donde tenía que dejar los termómetros)
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Y…yo quería compartir con vosotrxs esta experiencia…
Cogí mi bici, y salí con ella a la calle, con mi casco y mi chaleco, como cuando voy a trabajar con ella.
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Foto de la autora
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Iba con miedo, pensando que la policía me podía parar en cualquier momento y tenía que explicarles, y enseñarles en el móvil (que no hay impresoras) el justificante de la Red de Cuidados de Madrid centro… Vale, primera calle, nada, segunda calle, veo pasar a un coche de policía pero no para.
Por la calle, alguna persona con bolsas de compra y otra paseando el perro. En total, en los 40 minutos que estuve fuera de casa pasando por el centro de Madrid (casi plaza Mayor, calle Arenal, Callao) vi a unas dos personas por cada calle que pasaba, a no menos de 5 metros de distancia una de la otra.
¡Madrid turístico vacío, sin gente!. Es toda una experiencia bajar por la Cava de San Miguel vacía, ni una persona vi ahí, con sus famosos restaurantes cerrados y esos edificios tan significativos que representan parte de lo que es esta ciudad…
Sensaciones impactantes y un gran desasosiego en mí, sintiendo que estaba viviendo un momento único, mágico, especial, misterioso y, por otra parte, con la sensación de que la policía me podía quitar ese derecho y con miedo, mucho miedo…
¡Crucé la calle Arenal vacía!, no se veía a nadie, algo que no pasa ni a las 5 de la mañana.
En todo el camino, había visto a varios coches de policía, que pasaban y no me paraban, uf, qué suerte, pensaba.
Y al llegar a la plaza de Callao, había, al menos, 2 coches de policía parados y una furgoneta (la llamada lechera), sí, las que vigilan las manifestaciones. Pues ahí estuve unos pocos minutos, esperando que llegara la persona que me traía los termómetros y se me hicieron hoooooraaaaassss.
Había una tensión en el ambiente que me impedía moverme, cruzaron unas 4 personas, en ese margen de tiempo, alejadas y solitarias. Miraba y escribía en mi móvil de forma compulsiva… Yo sentía cómo los coches de policía que había me miraban, me sentía vigilada. Es como sentirse encorsetada, pero no te dirigen la palabra ni te tocan… No recuerdo haberme sentido tan comprimida en mucho tiempo…
Y, por fin, llegó la voluntaria que me iba a dar los termómetros; me los pasó como si fuera la droga ilegal más preciada y perseguida, así nos sentimos, y se fue rápido… Una imagen cargada de clandestinidad por todas partes, triunfaría en una peli…
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Foto de la autora
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El viaje de vuelta, un pelín más confiada que al ir, lo que me permitió disfrutar más el camino y volver a enamorarme de la ciudad donde vivo y sonreír al viento que me daba en la cara y disfrutar de las pintadas que mandó hacer Enrique Tierno Galván e ir más tranquila en una ciudad con poquitos coches (eso sí, los que hay, y las motos, siguen con la misma actitud hacia las bicis…) y poder fijarme mejor en esos edificios que con gente se admiran con menos claridad…
A pesar de esos momentos emocionantes que he vivido, después de esta experiencia, lo que más huella me deja es ver a una ciudad triste, además de vacía; es sentir una pesadumbre en las calles, con tanto peso, que resulta doloroso. Y por encima de la belleza de ver las calles vacías, de andar en bici (con la autonomía y la libertad que da), del miedo hacia la policía, lo que se me queda encerrado en el corazón es esa penetrante sensación de vacío desolado que te entra al ir por esta ciudad estos duros días.
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Foto de la autora
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Ansío que en pocas semanas se recupere esa vitalidad, esa vida, esa alegría en las calles, esa viveza, característica de Madrid. Me quedo con enormes ganas de ver con gente la plaza Mayor, la calle Arenal, Callao, el mercado de San Miguel… que se recupere la calle como lugar de conexión entre personas. Por eso en estos momentos doy mi tiempo como voluntaria…
Así que, nos vemos en las calles.
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Noe